
Artículo escrito por Tabi Boyce.
El otro día me acordaba de las tijeras de mi abuela.
Eran para cortar tela, y una vez (tan solo una desdichada vez) se me ocurrió usarlas para cortar . . . papel. Mi abuela estaba FURIOSA. Me gritó, me regañó, creo que incluso me pasó a dar unos buenos golpes con su matamoscas favorito.
Llorando, murmuré, «Ni que fueran tijeras santas.» (Chiquillos, no murmuren cosas rebeldes en presencia de abuelas «de la vieja escuela». No vale la pena.)
Me vine a enterar años después que cortar papel con tijeras para tela ¡SÍ les hace daño! Después de algunos usos inapropiados, las tijeras van perdiendo su filo y ya no pueden cortar bien la tela. El papel de hecho le hace mucho daño a las tijeras, y por eso hay que reemplazar tijeras para papel tan frecuentemente. La combinación de las hebras de madera molida, junto con los químicos involucrados en producir papel trabajan para ir desgastando el filo de la hoja. Después de un tiempo, ya no puede cortar cosas como la tela. Hay que volver a afilar las hojas o bien, reemplazar la tijera entera.
Me doy cuenta ahora que las tijeras de mi abuela, en cierto sentido, sí eran tijeras santas. Tenían su propósito, y habían sido apartadas para ese uso.
La Biblia habla mucho de la santidad, y de los santos. En hebreo, la palabra es «kadosh» y en griego, la palabra es «hagios» (pronunciado ja-gui-os). Ambas palabras significan, «consagrado» o «apartado para un propósito».
Nuestros abundantes años de tradiciones y larga historia de teologías han ido agregando facetas y significados a nuestra palabra «santo», pero en su orígen, es el proceso de apartar algo o alguien para un servicio específico. En el tabernáculo de Israel todo era santo, incluyendo los platos. (Inserto aquí una breve nota observando que estos platos eran «bautizados» o «sumergidos» para consagrarlos diariamente.)
La Biblia nos insta muchísimas veces a ser santos. A través de todo el Antiguo Testamento y reiterado en el Nuevo Testamento está el mandato de «ser santos». El proceso de santificación no sucede de un día al otro (esa es la justificación– tema para otro día), pero sí es una meta a la que debemos dedicarnos en nuestra vida entera. Es trabajoso, es largo, y es doloroso. Pero cada paso que vamos dando hacia ser «sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios» (Romanos 12:1) nos acerca más hacia el propósito que Dios tiene para nuestras vidas.
Hermanos, no busquemos embotar el filo y eficacia que podríamos tener en nuestra vida, cumpliendo con nuestro gran propósito. Dediquémonos a seguir santificando nuestra vida.
Termino asegurándoles que no comparto esto como crítica a otros, sino a manera de practicar un poco de introspección. ¿Cuánto de mi «filo» he ido perdiendo, constantemente gastando mis pensamientos y acciones en actitudes egoístas o pecaminosas? ¿Cuánta utilidad he ido embotando de mi vida, porque tenía miedo, flojera, angustia, o enojo?
Es tiempo de reanudar la lucha, porque el trabajo para ir mejorando jamás termina. Esto incluso lo entiende el mundo (por eso tantos memes de «ser mi mejor yo», «practicar amabilidad», y «ser auténtico»), ¿cuánto más debemos entenderlo nosotros?
Ánimo, hermanos y hermanas.
Cualquier acercamiento a Dios y su Palabra es una mejora. A veces tenemos que retroceder un poco para volver a encontrar nuestro camino, porque, como alguna vez dijo G.K. Chesterton, «progreso en la dirección equivocada no es progreso». Pero les animo a acompañarme en esta lucha diaria. Sí lo deseamos. Sí podemos. Y con la ayuda del Espíritu Santo, también lo lograremos.
