El anciano: las calificaciones del oficio

calificaciones-del-oficioUn artículo escrito por J.W. McGarvey.

Las calificaciones para el oficio de un anciano todas las prescribe el apóstol Pablo en el tercer capítulo de 1 Timoteo y el primer capítulo de Tito.  Se pueden distribuir en seis divisiones naturales y simplificará nuestra investigación el examinar estas divisiones por separado. Se distinguen en lo que se relatan, respectivamente, a experiencia, reputación, relaciones domésticas, carácter, hábitos y la habilidad de enseñar y gobernar.  Las consideraremos en este orden.

  1.   Por esto queremos decir la experiencia en la vida de un cristiano.  Pablo dice que un anciano no debe ser un converso nuevo, no sea que, envaneciéndose, caiga en la condenación del diablo.  1 Timoteo 3:6.  La razón que aquí se da muestra que el oficio era uno de gran honor y responsabilidad; de otra manera, el ocupante de ello no incurriría ningún peligro de envanecerse.  La condenación del diablo es la misma condenación en la que el diablo cayó, lo cual, de acuerdo al entendimiento de Pablo, resultó por causa del orgullo.  Un converso nuevo tendrá más probabilidad de caer en este pecado que un cristiano con experiencia, porque más recientemente hubiera escapado del servicio habitual de Satanás y tendría menos poder para lograr resistir la tentación.  Al asignar esta calificación el apóstol muestra lo importante que es que orgullo del oficio no caracterice la Ancianía.  Es la misma lección importante que le enseñó Jesús a los discípulos cuando dijo, “El que es mayor de vosotros, sea vuestro siervo.”Dentro de qué periodo después de su inmersión deja de ser un converso nuevo un hombre, aquí no se indica.  Se le deja a la decisión de aquellos interesados en la selección y ordenación de ancianos.  No es para nada difícil para hombres de sentido común el decidir cuáles miembros de dada iglesia son conversos nuevos, aunque sería difícil expresar la idea más definidamente de lo que lo expresa el apóstol.
  2. Reputación. El bien que una iglesia es capaz de lograr en una comunidad depende mucho de su reputación y la reputación de la iglesia depende mucho sobre la de los hombres que la representan.  Muy sabiamente, entonces, se le requiere a un anciano tener “buen testimonio con los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo”.  [sic. 1. Tito 3:7]*  Si cayera en descrédito, no solo sería reprochada la iglesia junto con él, sino que también perdería su influencia sobre los miembros de la iglesia, y es difícil que el diablo construya una trampa más efectivamente atrape a su víctima que cuando trae reproche al anciano dentro de la iglesia.  El anciano mismo junto con muchos miembros de su rebaño es expuesto a una ruina casi cierta en ese evento.  Se puede encontrar a mucho hermanos quienes han sido atrapados en esta trampa y quienes ahora están separados de la iglesia o quienes miran y critican fríamente a aquellos que hacen la obra que ellos no lograron hacer.Esta calificación tiene una limitación necesaria.  Cuando aquellos que están afuera son hombres que desprecian lo que es bueno y consideran de mala reputación al hombre que actúa de acuerdo a la voluntad de Cristo, no podemos considerar que el apóstol quiera decir que el anciano debe tener una buena reputación con ellos; ni, ciertamente, se refiere a hombres de ese tipo de carácter, sean muchos o pocos en la comunidad.  Se refiere a hombres cuya opinión vale la pena considerar y quienes conocen los hábitos del anciano.  Debe tener buena reputación con ellos referente a sus carácter moral y religioso.Es rara la vez, según nuestra observación, que una iglesia ha sido tan irresponsable como para seleccionar a un hombre para el oficio de anciano que tiene deficiencia en esta calificación, pero muchas veces sucede que, en el curso de su carrera, un anciano cae en mala reputación, a veces injustamente, pero más frecuentemente, justamente.  Muchas iglesias ahora languidecen bajo el íncubo de una Ancianía compuesta en parte por tal material, y nunca podrán florecer hasta ser liberados por la muerte o renuncia del partido desafortunado.  Es demasiado peligroso, en tales casos, esperar hasta que la muerte traiga el alivio deseado, y renuncias voluntarias son las menos probables de ocurrir en justo ese tipo de hombres.  Es el deber, por lo tanto, de todas iglesias que se ven así afligidas, el pedirle al partido renunciar el oficio.  Es un deber de naturaleza muy delicada, que requiere de toda la sabiduría y prudencia del cual son capaces los hombres líderes de la iglesia, pero debe ser cumplido, a pesar de los peligros.  Una conferencia de un número grande de los miembros más inteligentes y desinteresados, llevado a cabo de la manera más privada posible, y su decisión comunicada de la manera más considerada, siempre provocará los efectos deseados en un hombre cuyos sentimientos son delicados.  Si en algún caso esto fallara, se debe recurrir a medios más abiertos y públicos, pues un anciano debe tener una reputación buena con aquellos que están afuera, y sobre la iglesia cae la responsabilidad de ver que ningún hombre queda en el oficio que no posea esta calificación.
  3. Relaciones domésticas. Tanto a Timoteo como a Tito el apóstol prescribe que el supervisor debe ser marido de una mujer.  Ha habido una vasta cantidad de disputa sobre si esto le requiere ser un hombre casado.  Se alega, en oposición a esta idea, que cuando las iglesia fueron plantadas entre un pueblo que practicaba poligamia, frecuentemente serían inmersos hombres que tenían una pluralidad de esposas, y que el apóstol solo intentaba prohibir que tales hombres fueran hechos supervisores.  Sin duda el uso del número uno en el texto conlleva esta importancia y sería ilícito poner a un polígamo o bígamo en el oficio.  Pero aunque la expresión tiene esta importancia, pensamos que franqueza requiere de la admisión de que también tiene el efecto de requerir que un hombre sea un hombre casado.  Que sea el marido de una mujer prohíbe tener menos que una tan claramente como prohíbe tener más de una.  Si fuese dicho que un hombre es dueño de solo una granja, se implica igual de claramente que es dueño de una como indica que no es dueño de más de una.  Además el contexto confirma la conclusión, pues el apóstol prosigue en ambas cartas a decir cómo el supervisor debe gobernar su casa y especialmente sus hijo, cuyas declaraciones implican que debe ser un hombre de familia.Se ha presentado como objeción a esta declaración que descartaría a Pablo mismo, y a Bernabé y Timoteo para el oficio de anciano aunque ellos mantenían oficios o posiciones de mucha más responsabilidad.  Pero esta objeción no puede tener influencia a menos que se haga parecer que estos hermanos estaban calificados para el oficio de anciano o que las calificaciones de un apóstol o evangelista incluyen aquellos de un anciano.  Ninguno de los dos, sin embargo, se pueden demostrar y por lo tanto la objeción no tiene fuerza alguna.  En efecto, parece más apropiado que los hombres cuya obra principal los llevó de ciudad en ciudad y nación en nación, por todo tipo de peligro y dificultad, fuesen librados del cuidado de una familia, e igualmente apropiado que el pastor cuyo trabajo siempre era en casa y entre las familias de su rebaño fuese un hombre de familia.  Un hombre casado ciertamente posee ventajas para tal obra que son imposibles para un hombre soltero, y la experiencia del mundo debe confirmar la sabiduría de requerir que el supervisor sea marido de una sola mujer.  Probablemente sea bueno agregar que una esposa viva es lo que se quiere decir y que no hay alusión a la cantidad de esposas difuntas que pueda tener.  Si mi esposa ha fallecido, yo ya no soy su esposo.También se requiere que el candidato para la ancianía “gobierne bien su casa, que tenga sus hijos en sujeción con toda honestidad” o, como se expresa en Tito, “que tenga hijos fieles que no estén acusados de disolución, o contumaces”.  La razón ofrecida para este requerimiento es esta: “porque el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?”  La figura de interrogación aquí se emplea para poder acertar, de manera muy enfática, que si un hombre no sabe gobernar su propia casa no podrá cuidar de la Iglesia de Dios—será incompetente como supervisor.  Es enteramente vano que hombres no inspirados objeten contra una decisión tan enfáticamente presentada por un apóstol; por lo tanto lo aceptamos sin argumentar.
  4. Carácter. Los rasgos de carácter prescritos para un anciano son numerosos, y cuando se consideran en conjunto presentan una combinación poco común.  El primero de estos en orden lógico y el primero mencionado en ambas cartas que tratan el tema, es el ser irreprensible.  Cuando se dice que un supervisor debe ser irreprensible, por necesidad debemos entender el término de mantera comparativa, no absoluta.  Esta necesidad surge del hecho reconocido y enfatizado por los apóstoles, que ningún hombre es del todo intachable cuando su carácter está en comparación con los caracteres de otros hombres buenos.  El apóstol parece tener su enfoque en la contraparte de la buena reputación que ya hemos mencionado.  Si se sabe que un hombre que tiene buena reputación entre aquellos que están afuera tiene un carácter correspondiente, es irreprensible en el único sentido en el cual hombres en la carne pueden ser irreprensibles.  Además podemos comentar que esta calificación, por el mismo hecho de ser comparativo, debe admitir varios grados, y que algunos Ancianos calificados pueden ser más irreprensibles que otros.  El grado al cual sea requisito para elegibilidad, a fin de cuentas, debe ser determinado por aquellos que les concierne la selección y ordenación del anciano.Ser irreprensible simplemente es ser libre de fallas.  No contento con esta prohibición general, el apóstol procede a especificar algunas fallas que es muy importante que el supervisor evite.  No debe ser codicioso.  Ya hemos hablado de la importancia de esta prohibición, al hablar sobre el ejemplo que deben dar los ancianos ante sus hermanos.  Una ancianía codiciosa provocará una iglesia codiciosa, y una iglesia codiciosa es una iglesia muerta.Tal como el anciano no debe ser codicioso, así, de acuerdo a la lectura de nuestra versión común “no codicioso de ganancias deshonestas”.  El adjetivo griego, del cual esta expresión es traducción, es aischrokerdos, compuesto de aischros, bajo, y kerdos, ganancia.  Hay una ligera diferencia de opinión sobre su significado.  Algunos críticos lo traducen, “codicioso de ganancia” y algunos, “ganar dinero por medios bajos”.  Los últimos tienen entendido que el apóstol está prohibiendo negocios de mala reputación; y los primeros tienen entendido que prohíbe la codicia por ganancia que llevaría a tal tipo de negocio.  Por ambas traducciones, una ocupación de mala reputación es prohíbe—tal como, por ejemplo, ser distribuidor de bebidas embriagadoras, comercio de jinete, criar animales para uso deportivo, rentar propiedad para usos inapropiados, y cosas parecidas, en ninguna de la cual puede ocuparse un hombre a menos que su codicia por ganancia abruma su cuidado de la salud de la comunidad.  Cualquier otro curso de vida por el cual un hombre muestra una codicia excesiva sin duda también es prohibido.

    El apóstol también especifica entre las fallas prohibidas, la obstinación.  El anciano no debe ser obstinado.  Ningún hombre es digno de un oficio junto con otros hombres si no está contento de ceder su propia voluntad a la de uno de sus compañeros.  Ni tampoco es capaz de ejercer autoridad moral sobre una comunidad quien posee un hierro que nunca se dobla a los deseos de otros.  Hablamos ahora de cuestiones que están sujetas a la voluntad del hombre, no a aquellos en las cuales la voluntad de Dios ha sido declarada.  Dentro de los límites del último no hay espacio para la voluntad humana—solo debe someterse.

    En tercer lugar, el supervisor debe evitar todo lo que perturbaría la paz de la iglesia.  No debe ser un “pendenciero”, ni alborotador, ni aún enojarse rápidamente, sino que en oposición a todas estas debe ser temperado y paciente.  Tendrá ocasiones frecuentes para la prueba de su paciencia, si hace esfuerzos vigorosos por llevar a cabo sus deberes; y a menos que se encuentre muy bien suplido de ello, aunque no caiga en pendencias ni alborotos, sí llegará a estar malhumorado y desanimado.  Nada se ha dicho con más sabiduría a que él debe ser paciente.

    Aparte de las calificaciones negativas, o rasgos de carácter que un supervisor no debe poseer, el apóstol nombra un número de elementos positivos de carácter.  Debe ser “justo”, pues es un funcionario judicial de la iglesia; debe ser “sobrio”, o de mente sobria, pues levedad, lo cual la sobriedad prohíbe, argumenta una falta de piedad; debe ser “hospedador”, pues de otra manera estará privado de aquella compasión que es necesaria para asegurar el afecto de otros; debe ser “amante de lo bueno”, pues todo buen hombre muestra amor hacia otros hombres buenos; debe ser “santo”, pues ha sido separado para un oficio santo, y sus actos oficiales de preocupación son las relaciones más santas que unen los hombres el uno al otro y a su Dios.

  5. Hábitos. Los hábitos de un hombre salen de su carácter, pero también reaccionan con su carácter, tendiendo a constantemente hacerlo mejor o peor.  Un hábito de vigilancia o atención se le ordena al Anciano, porque sin ello muchas cosas perjudiciales a la congregación se escaparían de su atención.  Una falta de este hábito es una falla muy común.  Mientras que el supervisor debe estar mucho más informado sobre la condición de los miembros de la iglesia que cualquier otra persona en él o fuera de él, muchas veces es el caso que, por simple falta de atención, él es el último en aprender sobre lo que está sucediendo.  Un hábito de atención en cuestiones de negocios deberá seguir a un hombre al oficio de supervisor; y por ende, la importancia de requerirlo como condición de elegibilidad.No es más importante que el supervisor sea atento, sino que evito los únicos otros hábitos mencionados por el apóstol, y que no esté implicadas en las calificaciones ya habladas.  No debe ser “dado a mucho vino”.  No es simplemente la borrachera que se prohíbe aquí; si lo fuera, sin duda hubiera aparecido la palabra apropiada para la expresión de esa idea.  Y tampoco está la idea de mucho en el original.  El término es paroinon, por vino, que simplemente quiere decir, dado al vino.  Sin duda contempla al hombre que es dado a un uso más liberado del vino de lo que se acostumbraba entre la gente estrictamente sobria, aunque puede que nunca llegara a estar intoxicado.

Ahora hemos repasado rápidamente la combinación poco común de las características y hábitos morales que deben caracterizar al supervisor, y próximamente hablaremos las calificaciones intelectuales que son necesarias para su utilidad como maestro.

OTROS CAPÍTULOS

Para más información sobre J. W. McGarvey, visiten nuestra página BIOGRAFÍAS.

La versión de la Biblia usada en este artículo es la RV1909 (Reina-Valera 1909), a menos de ser específicamente notado.

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