Mito 2– Un pecado es igual de malo que otro

mito 2

Un artículo escrito por Bob Russell.  Para leer el artículo original, visitar su BLOG.

Hay una frase que e escuchado recientemente que está llegando a ser un mito espiritual popular.  He escuchado a líderes cristianos decir, “El pecado es pecado.  Un pecado es igual de malo que otro.”  Esa línea de razonamiento muchas veces se usa como un pretexto conveniente para no confrontar pecados flagrantes en la iglesia.  “¿Qué derecho tenemos de juzgar a un creyente por practicar homosexualidad, cometer adulterio, tener un aborto o divorciarse cuando otros son culpables del chisme, la avaricia, el orgullo y la ingratitud; y poco se dice sobres estas transgresiones?  A fin de cuentas, el pecado es pecado y todos dependemos de la gracia de Dios.”

Es verdad que un pecado no separará de un Dios santo y nos condenará para toda la eternidad.  La Biblia dice, “Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos” (Santiago 2:10).  Si un hombre está colgando sobre un precipicio, sostenido del último eslabón de una cadena de 10 eslabones, sólo uno tiene que romperse para causar que el hombre caiga a su muerte.  En ese sentido somos todos pecadores y no alcanzan la gloria de Dios cada día.  Y “ . . . la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

También es verdad que a veces pasamos de alto los pecados privados “respetables” en nuestras propias vidas y apuntamos a los pecados públicos y escandalosos de otros para justificar nuestros sentimientos de justificación propia.  Como el fariseo en la parábola de Jesús, tenemos la tentación de decir, “Señor, te agradezco que no son un pecador desgraciado como ese recaudador de impuestos”, y sentirnos un poco mejor sobre nuestra condición.

Sin embargo, no es verdad que un pecado es igual de malo que otro.  Hay algunos pecados que son más malvados que otros.  Eso es obvio al estudiar el Antiguo Testamento que practicaba “ojo por ojo y diente por diente”.  Si un hombre mataba la oveja de otro por no tener cuidado, su castigo era menor que la del hombre que asesinaba a su vecino por malicia.  La pena por robar a un buey era restitución de cinco veces el valor.  La pena por secuestrar a una persona era ejecución.

Jesús dejó claro que algunos pecados son más atroces que otros.  Nos advirtió de un pecado que no se podía perdonar (blasfemia del Espíritu Santo), un pecado mayor (traición de Jesús) y las cuestiones más importantes de la ley (justicia, misericordia y fidelidad).  Le advirtió al abusador de niños que sería mejor para él “que le colgaran al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que se ahogara en lo profundo del mar” que tener que enfrentar la ira de Dios.  (Véase Mateo 18:6.)

Cuando el Apóstol Pablo descubrió que un hombre en la iglesia de Corinto estaba teniendo relaciones con su madrastra, quedó pasmado.  El Apóstol regañó a los líderes de la iglesia por no confrontar un pecado que “no existe, ni siquiera entre los gentiles”.  (Véase 1 Corintio 5:1.)  El incesto era tan flagrante violación de comportamiento moral que hasta los paganos se encontraban pasmados por ello.

La Biblia no dice que la verdad de Dios está escrita en el corazón de hombre.  La gente sabe por instinto que algo está bien o está mal.  Eso por eso que el sentido común ha llevado a la mayoría de los sistemas judiciales a reconocer que algunos crímenes son peores que otros.  La pena por manejar en exceso de velocidad no es tan severa que la pena por manejar bajo la influencia del alcohol.  Maltratar a animales lleva una pena menor que maltratar a niños.

Así que, la próxima vez que escuchas a alguien protestar, “¿Por qué realzar un pecado como peor que otros?  El pecado es pecado, y todos somos pecadores en necesidad continua de la gracia de Dios”, desafía este mito.  Declara la verdad en amor, pero declara la verdad.  Es verdad que somos todos pecadores.  Pero hay algunos pecados que incurren la ira de Dios más rápidamente que otros.  Y, “Es cosa temerosa caer en manos de un Dios airado.”

Estemos agradecidos que la sangre de Cristo nos puede limpiar de todo pecado, sin importar lo horrible que es, si nos arrepentimos.  “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8-9).

PREVIO: MITO 1– EL DIVORCIO ES IGUAL DE COMÚN EN LA IGLESIA QUE EN EL MUNDO

SIGUIENTE: MITO 3– DIOS TE AMA INCONDICIONALMENTE

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