El suicidio y el perdón

Suicide and forgivness

Un artículo escrito por el Dr. Jack Cottrell.

PREGUNTA: Si un cristiano se suicida, ¿automáticamente va al infierno? ¿No dice la Biblia que debemos confesar nuestros pecados para ser perdonados? Ciertamente el suicidio es un pecado, pero por su misma naturaleza sólo podría ser confesado previo a cometer el acto. ¿Es suficiente eso para recibir perdón por ello?

RESPUESTA: Ciertamente podemos estar de acuerdo en algunos puntos cruciales aquí: el suicidio (auto-asesinato) es un pecado bastante serio, siendo una violación del sexto mandamiento; cometer cualquier pecado nos hace culpables ante Dios y merecedores del infierno; el arrepentimiento verdadero definitivamente es necesario como condición para recibir perdón. Cuando juntamos todas estas cosas parece que cualquier persona que se suicida debe ir al infierno. ¿Es bíblica esta conclusión?

Es comúnmente pensado que la Iglesia Católica Romana toma esta postura, porque tradicionalmente ha negado un funeral y entierro católico a cualquiera que se suicida. Escrituras católicas recientes, sin embargo, lo han condicionado bastante. El sitio web de “Catholics United for the Faith” dice que la Iglesia Católica hoy día es más permisiva de lo que era antes. Aún su práctica antigua de negar un funeral y entierro católico «no era un juicio sobre el destino del difunto» y hoy la Iglesia «entiende mejor las perturbaciones sicológicas que pueden influenciar un suicidio y por lo tanto mitigar culpabilidad personal» (fuente). De acuerdo al catequismo de la Iglesia Católica (párrafos 2282-83), «Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida. No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador.»

Mientras que yo rechazo la posibilidad de arrepentimiento después de la muerte (Hebreos 9:27), creo que el punto sobre la motivación es importante para este tema. Si un suicidio es el acto desafiante de un individuo contra Dios y un rechazo deliberado de su Señorío, como acto de incredulidad puede ser que esto separe al cristiano de la gracia de Dios y la esperanza del cielo. Es más común, sin embargo, que el pecado de suicidio en realidad sea un acto de desesperación y no una rebelión deliberada contra Dios. Como con la mayoría de otros pecados específicos, no nos separa automáticamente de la gracia de Dios, aún si no se han exhibido señales de arrepentimiento y confesión en relación a ello.

En muchos círculos de iglesias protestantes, especialmente dentro del movimiento de restauración, el punto de vista que subyace la pregunta de arriba—la idea que el suicidio automáticamente envía al perpetuador al infierno—está basado en un tratado incorrecto del pasaje de Escritura, esto es, 1 Juan 1:9. La versión LBLA dice: «Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad.» El entendimiento ha sido que un acto de confesión arrepentido de un pecado específico se requiere para el perdón de ese pecado. (Aunque es difícil pensar que una confesión hecha previo al pecado sería un arrepentimiento sincero.)

A mi juicio, esto es un entendimiento erróneo de 1 Juan 1:9 y que es el resultado de un no entender correctamente la doctrina clave de justificación por fe. Como cristianos que viven con una fe y arrepentimiento constantemente presente y continuo, vivimos en un estado constante de perdón. Vivimos como personas perdonadas y lo hacemos gracias a nuestra fe en Jesús, separado de nuestro récord de buenas obras y de nuestros pecados en cualquier momento en particular (Romanos 3:28). He hablado esto específicamente en mi libro sobre la gracia, “Set Free”.* Aquí está lo que dije, con algunos cambios editoriales:

El no entender 1 Juan 1:9 es una barricada en el camino para la certeza de salvación. La manera típica de abordar este texto asume que cada vez que cometemos un pecado, literalmente caemos de la gracia. En otras palabras, perdemos nuestro estado de salvación y volvemos al estado de estar perdido. Aunque todos nuestros pecados previos siguen perdonados, cada vez que pecamos de nuevo—sea por suicidio o algún otro motivo—de nuevo somos culpables de ese pecado y quedamos condenados al infierno por él, a menos y hasta que ese pecado puede ser perdonado. Es por esto que 1 Juan 1:9 es tan importante, porque (se asume) este texto nos dice cómo recibir perdón por los pecados que cometemos en nuestra vida constante cristiana. Si sinceramente confesamos ese pecado específico (y oramos por perdón por él), Dios perdonará con toda gracia ese pecado y nos restaurará a un estado salvo de nuevo—hasta que pequemos de nuevo, en cual caso el proceso debe ser repetido.

Con este entendimiento de 1 Juan 1:9, un cristiano sincero se ve a él mismo o misma como a alguien atrapado en un tipo de puerta giratoria entre los mundos de ira y de gracia. El ciclo no tiene fin: bajo gracia—pecado—bajo ira—confesión—bajo gracia—pecado—bajo ira—confesión—bajo gracia—pecado—bajo ira—confesión—bajo gracia—una y otra vez. Esto compromete la certeza porque causa que el cristiano viva en temor de que él o ella morirá después de cometer un pecado y antes de tener la inclinación u oportunidad de confesarlo y orar por perdón.

¿Cuál es la solución para esta vida de temor e incertidumbre? Claro, la solución más simple sería: ¡no peques! Pero muy pocos de nosotros (si alguno) hemos llegado a este punto. Aún luchamos con el pecado cada día. Como ese es el caso, necesitamos ver que la solución es: ¡justificación por fe! Cometer un pecado (aún el suicidio) en sí ¡no nos separa de la gracia de Dios! Vivimos nuestras vidas día tras día haciendo buenas obras y malas obras (pecados) siempre bajo esa sombrilla de justificación por nuestra fe en Jesús. Persistir en el pecado puede causar que muera nuestra fe, pero pecados individuos no equivalen a apostasía. Como alguien lo ha dicho, aquellos que están en un barco en medio del mar pueden caer o saltar del barco y perecer; pero también pueden tropezar y caer en el barco, y por lo tanto lastimarse, sin caer del barco. Estamos bajo gracia, aún cuando pecamos.

Contribuyente a nuestro entendimiento fallido de la justificación por fe y de 1 Juan 1:9 es la idea falsa y común que el bautismo sólo es para el perdón de pecados pasados. Esta idea dice que en el bautismo nuestros pecados pasados son perdonados como si fuesen borrados de una pizarra; pero que después de eso cada vez que pecamos, cada nuevo pecado es agregado a la pizarra hasta algún ritual subsiguiente (tal como el acto de penitencia, o de la Santa Cena, o de la confesión de 1 Juan 1:9) logra borrarlo. Este es un entendimiento seriamente falso del bautismo. El bautismo es «para el perdón de pecados» (Hechos 2:38) porque en ese acto entramos a una relación continua con Jesucristo, una relación que es equivalente al ser continuamente cubiertos con su sangre en el sentido que el «manto de justicia» (Isaías 61:10) constantemente cubre nuestros «trapos de inmundicia» (Isaías 64:6). Este cubrimiento se mantiene seguro a menos que caigamos de la gracia al dejar de creer en Jesús.

Entonces, ¿qué significa 1 Juan 1:9? Aprendemos esto mirando su contexto, especialmente los versículos que lo preceden y lo siguen: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. . . . Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a El mentiroso y su palabra no está en nosotros.» (vv. 8, 10) El problema con ambos de estos versículos no es el pecado en sí, pero el negar que hemos pecado. ¿Qué es lo opuesto de negar que hemos pecado? En pocas palabras, confesar que hemos pecado. A mi juicio, este es el punto del versículo 9: si confesamos que SOMOS pecadores, necesitando del perdón de Dios, él es fiel para CONTINUAR el mantenernos en un estado de perdón. Este es un elemento de nuestro arrepentimiento continuo. Aunque no estemos conscientes de algún pecado reciente específico, cada vez que oramos podemos confesar EL HECHO que somos pecadores y reclamar nuevamente la promesa de Dios de justificación. (La confesión de pecados específicos todavía es necesaria para el proceso de santificación, pero no para la justificación.)

Este entendimiento de 1 Juan 1:8-10 se ilustra y confirma en la parábola de Jesús del fariseo y el recaudador de impuestos (Lucas 18:9-14). El fariseo es un ejemplo perfecto de 1 Juan 1:8, 10; sólo estaba consciente de lo bueno que pensaba que era y no admitía ningún pecado. ¿Qué del recaudador de impuestos? ¿Qué pecados específicos confesó él? ¡Ninguno! En humildad simple oró, «Dios, ten piedad de mí, pecador». Pero él regresó justificado (perdonado), a diferencia del fariseo ¡que NO recibió perdón!

Cualquier persona que está contemplando el suicidio necesita ayuda seria, pero la amenaza falsa de condenación al infierno garantizada no es la respuesta. Si sucede de todos modos, por lo menos aquellos de nosotros que quedamos podemos doler sin estar en desesperación por su salvación eterna.

NOTAS:
* “Set Free”, Puesto en libertad

Pueden encontrar las notas originales del Dr. Jack Cottrell buscando su página en Facebook o en su blog. Para ver el artículo original, haga clic AQUÍ.

La versión de la Biblia usada en este artículo es la LBLA (La Biblia de las Américas), a menos de ser específicamente notado.

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2 Comments

    1. Querido hermano,

      Antes de responder quisiera ofrecer mis disculpas por no responder antes, y mis más sinceros pésames por su situación (si es que habla por experiencia personal). No me imagino el dolor. La verdad es que responder a situaciones así nunca es fácil. Pero he respondido lo mejor que pueda.

      Es nuestro pensamiento que usted no necesita rezar por el perdón de su ser querido. La salvación no es algo que se pierde cada vez que un peca, sino que es la obra magnífica de un Dios todopoderoso. Esto no es para decir que creemos que la salvación no se puede perder (pero eso es tema para otro día). El punto que es que todo cristiano peca. La creencia general entre cristianos parece ser que después de pecar uno vive en estado de perdición hasta que confiese sus pecados. Nosotros no creemos eso.

      Como dice el autor de este artículo: “Como cristianos que viven con una fe y arrepentimiento constantemente presente y continuo, vivimos en un estado constante de perdón. Vivimos como personas perdonadas y lo hacemos gracias a nuestra fe en Jesús, separado de nuestro récord de buenas obras y de nuestros pecados en cualquier momento en particular (Romanos 3:28).”

      El perdón de su ser querido queda directamente en manos de él (o ella) y Dios. El mero acto de suicidio no separa a una persona de Dios, sino su decisión de haber vivido bajo la gracia de Dios.

      Espero que eso responda a su pregunta. Dios lo bendiga mucho y llene de paz y amor su vida.

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