Pensé que estaba preparada, pero no lo estaba

Pensé que estaba preparadaUn artículo escrito por Tabi Boyce.

Yo nací y crecí como hija de misioneros.  No nací y crecí misionera.  La diferencia entre estas dos es más que solo una palabra.  La diferencia es madurez, experiencia y vida.  La diferencia es, he encontrado, devastadoramente grande.

Crecí en un pueblo pequeño en México.  A veces aún sueño de las calles empolvadas en el verano, y las calles enlodadas en el invierno.  Recuerdo haber jugado en los charcos, embarrada de lodo, igual que todas mis amigas.  Buscaríamos renacuajos y nos reiríamos cuando las sosteníamos, nadando en nuestras manos.  Luego las regresaríamos al charco y encontraríamos otro.  Recuerdo haber atrapado escarabajos grandes y coloridos, y atándoles un hilo como una correa.  Recuerdo la plétora de bichos venenosos, y serpientes deslizantes, y animales flacos.  Recuerdo que me sentaba sobre mi techo plano y sacaba mangos del árbol, y luego me las comía mientras leía un libro a la sombra de las hojas del árbol.  Y recuerdo momentos más tristes.  Los grandes pleitos en la iglesia.  Haciendo amigos en la iglesia y perdiéndolos a las drogas, o el alcoholismo, o la prostitución, o al embarazo adolescente.  Tratando de hacer transición de himnos a cantos de alabanza y adoración (uuf, esa fue grande) . . . (bromeo, más o menos).  Me fui a estudiar a los EEUU a una universidad cristiana cuando cumplí 18 años y decidí no estudiar misiones porque pensaba que estaba preparada para el campo misionero.

No pude haber estado más equivocada.

He sido una misionera en Chile ahora por 7 años.  Y sé que, en el gran cuadro, eso no es mucho tiempo.  Pero aún 7 años me han enseñado algunas cosas.  Pensé que estaba tan preparada, que sabía cómo lidiar con una nueva cultura y un nuevo lenguaje.  Pensé que conocía el ministerio (a fin de cuentas, fui una hija de misioneros).  No sabía nada.  Pero, para ser sincera, no existen muchas cosas que pueden prepararte para el ministerio, como tal.  Es algo que aprendes por prueba y error.  Sin embargo, ayuda saber algunas cosas al entrar.  Así que, ¿qué me gustaría haber sabido, entrando al ministerio?  Pues . . .

  1. Aunque hayas tenido una pelea con alguien, no quiere decir que sean una mala persona. Tengo una personalidad bastante relajada.  Soy una chica que te “sigue la onda” y piensa que estar enojado es malgastar tu emoción.  Desafortunadamente—y para mi gran vergüenza—esto no garantizó una falta de conflicto.  Hasta yo tengo mis límites y son más pequeñas (e insignificantes) de lo que me pude haber imaginado.  Así que, he peleado con personas.  He peleado por cosas que no valían la pena.  He peleado por cosas que definitivamente valían la pena luchar.  Y si he aprendido algo, es que el hecho de que he peleado con alguien no quiere decir que son una persona mala. 

    Mis sentimientos personales no cambian su personalidad.  Si fueron una buena persona antes de que me enojé, siguen siendo una buena persona después.  Esto no es cosa fácil de recordar, y el resentimiento puede sacar lo peor de ambos partidos.  Pero nuestras personalidades centrales no han cambiado.  Quisiera poder evitar el conflicto por completo, pero recordar esto ayuda mucho al intentar navegar un acuerdo.

    Y hablando del conflicto . . .

  2. Habrá conflicto. El conflicto es inevitable.  La gente en el ministerio puede ser verdaderamente imbécil.  Igual que tú (pero no nos gusta pensar en eso).  Las presiones del ministerio y la vida pueden sacar actitudes desagradables.  Quisiéramos que no lo hiciera, pero así lo hacen.  Queremos hacer lo mejor, pero . . . ¿qué es la mejor cosa que hacer?  El diablo está en los detalles.  O, por lo menos, el pasatiempo favorito del diablo: las peleas.

    Una de las cosas que aprecio sobre la Biblia es que es dolorosamente honesta sobre nosotros los humanos y nuestras fallas.  Aún el mejor de las personas tenía sus fallas, y a la Biblia no le da miedo mostrarlas.  Tomemos a los Apóstoles.  Gálatas 2:11-21 nos cuenta sobre una vez que Pedro se estaba alejando de los gentiles.  No solo eso, sino que empezó a judaizar a los gentiles.  Pablo, un Apóstol a los gentiles, se ofendió.  ¡Si Pedro había sido el primero en recibir una visión sobre aceptar a los gentiles!  ¿Por qué ahora se estaba alejando?  Así que, hubo una confrontación.  Una confrontación pública.  Con una acusación vergonzosa frente a todos sus amigos.  ¿Pudo haberlo manejado mejor Pablo?  Talvez.  Pero Pedro sí necesitaba ser confrontado.

    Hechos 15:36-41 nos cuenta sobre otro incidente involucrando a Pablo.  Pablo y Bernabé eran compadres.  Viajaban juntos, predicaban juntos, trabajaban juntos.  Y luego sucedió una tragedia.  Pablo estaba convencido de que un joven con el que estaban viajando, llamado Marcos (sí, ESE Marcos, el que después escribió un Evangelio), era un muchacho acobardado, sin posibilidad de ser misionero.  Bernabé, el primo de Marcos, no estaba de acuerdo.  Los dos amigos se separaron.  Pablo eligió a Silas como compañero de viaje; Bernabé se llevó a Marcos.  No tenemos registro de que se volvieron a hablar, pero sí vemos que Pablo cambió cómo se sentía sobre Marcos . . . con tiempo.  Para cuando escribió su carta a los Colosenses, había admitido que Marcos era un buen hombre a quien se le debería dar una cálida bienvenida a la iglesia.

    El conflicto es inevitable.  Lo que hacemos con el conflicto hace toda la diferencia.  Es valiente poder enfrentar un conflicto.  Y es valiente poder aceptar un conflicto también.  ¿Qué haremos cuando surge un conflicto?  ¿Escucharemos?  ¿Buscaremos un acuerdo, si es posible?  ¿Le daremos a la gente una segunda oportunidad?  ¿Creceremos?

    Y porque el conflicto es inevitable, a veces nos podemos desanimar.  ¿Pero sabes qué?  Quiero que sepas que . . .

  3. Está bien sentirse cansado y desanimado. El ministerio es un trabajo cansador.  El ministerio también está lleno de dolores y decepciones.  Puedes obrar por crecer una iglesia por años, y nunca ver que crezca como esperabas, porque la gente simplemente no quiere poner de su parte.  Puedes trabajar en una amistad y evangelizar a alguien por años, y puede que nunca lleguen a Cristo.  Puedes criar a niños en un hogar de niños, y la mayoría de ellos les darán la espalda a ti y a Dios luego en su vida, permitiendo que su dolor y amargura les domine.  Puedes aconsejar a alguien con las palabras más sabias que conoces, y puede que se den la vuelta y hagan el opuesto total.  Puedes confiar en alguien profundamente, y puede que se den la vuelta y te traicionen.  El ministerio es duro.

    ¿Sabes qué?  También fue difícil para Jesús.  Fue difícil para los Apóstoles.  Jesús nos advirtió que la mayoría del mundo elegiría el camino fácil, el que se conforma más a sus propios deseos y creencias.  Estamos constantemente atacando las puertas del Infierno, tratando de rescatar a prisioneros que no quieren ser rescatados.  Es un trabajo cansador.

    Sé que es tentador sentir que siempre debes responder, “Estoy bien” cuando alguien te pregunta “¿Cómo estás?”  Pero estoy aquí para decirte que . . .

  4. Está bien admitir que te sientes cansado y desanimado. Lo entiendo.  Somos misioneros.  Dada la presión sobre nuestras finanzas y sustento, estamos tentados a presentar nuestro trabajo a una luz mucho más . . . linda . . . de lo que realmente lo es.  Pero hay algo que necesitan saber los que nos apoyan, y eso es que las personas son personas, sin importar dónde viven en la tierra.  Las vidas de las personas son desordenadas, y emocionales, y difíciles.  Los misioneros no trabajan con misiones; trabajan con personas.  A veces, tienen que trabajar en áreas moralmente grises.  ¿Qué haces con la familia polígama cuando se convierten a Cristo?  ¿Qué haces con el alcohólico que nunca logra controlar su alcoholismo?  ¿Qué haces con la pareja que se divorcia, pero que ninguna persona quiere cambiar de iglesia?  ¿Cómo le ayudas a la mujer tratando de escapar su relación abusiva, pero sin salir de los límites legales y culturales?  ¿Cómo lidias con ese miembro racista en tu congregación?

    La verdad es, perdemos a muchas personas.  Al igual que Jesús.  Y Él se desanimó.  En un punto llegó a sentirse tan mal que hasta les preguntó a los doce si ellos también lo abandonarían.  ¿Viste eso?  No pretendió estar bien.  No trató de ignorar su decepción.  Compartió sus sentimientos con aquellos más cercanos a Él.  Está bien admitir que te sientes cansado y desanimado.  Es parte del ministerio, y es parte de la vida.

    Y porque estar cansado y desanimado es una parte inevitable de la vida, es importante recordar que . . .

  5. Está bien pedir ayuda. Dado, es más difícil para un misionero encontrar a alguien que entiende plenamente lo que está pasando.  Si los problemas son lo suficientemente severos, es aún más difícil encontrar ayuda profesional que entiende del todo lo que están sintiendo.  Pero escúchenme bien: la ayuda existe.  Y está bien pedir de ella.

    A veces, encontrar a un misionero mayor para ayudar a ser mentor y guía para ti en tus pruebas es lo único que necesitas.  A veces, necesitas encontrar a un consejero o psicólogo para ayuda profesional para los desafíos más grandes en tu vida.  NO HAY NINGUNA VERGÜENZA en buscar ayuda.  Buscar ayuda muestra fuerza.  Buscar ayuda muestra una voluntad por crear lazos más fuertes con otros.  Buscar ayuda muestra amor—amor por tu ministerio, amor por otros y amor por ti mismo.

    Encontrar a alguien para ayudarnos y apoyarnos es esencial.  Nos pueden mantener fuertes, recordarnos a continuamente buscar la ayuda y sabiduría de Dios, recordarnos siempre sumergirnos en el bálsamo sanador de Su Palabra.  Nos recuerdan que somos amados, valorados, y que nuestra obra no es en vano.  Buscar ayuda no es algo que nos debe avergonzar.

    No es fácil abrirnos a la gente.  Cielos, ni siquiera es fácil abrirnos a Dios.  Y es por eso que . . .

  6. La oración y el estudio bíblico son difíciles. Aún para un misionero.  Al igual que con la mayoría de las personas, las cosas siempre compiten por nuestra atención y tiempo.  El trabajo puede opacar nuestra relación personal con Dios.  Y lo peor de eso es esto: pensamos que permanecemos cerca, porque estamos haciendo trabajo religioso.  Estamos escribiendo sermones, o evangelizando, o haciendo amistades para el Reino.  Estamos pasando tanto tiempo con los Perdidos.  Estamos pasando tanto tiempo con los Redimidos.  Pero se nos olvida apartar un poco de tiempo cada día para pasar con Dios.

    Que no haya confusión.  El ministerio no es una relación.  Pasar todo nuestro tiempo trabajando para Dios sin pasar tiempo con Dios es como pasar todo nuestro tiempo trabajando por dinero para nuestra familia, pero nunca pasando tiempo con nuestra familia.  Recuerdo haber visto un programa hace varios años donde un ateo dijo, “Encuentro que los cristianos realmente aman a Jesús, pero los cristianos realmente no conocen a Jesús.”

    Lo entiendo.  Si eres como yo, pasar tiempo leyendo algo que ya has leído antes es un poco aburrido.  Empiezas a ponerte ansioso, tu mente se va por otro lado, empiezas a pensar en esa galleta que dejaste junto a la computadora porque se te olvidó comértela.  Y ni siquiera empecemos con la oración.  La distracción es parte de la vida para mí.  La distracción, amigos míos, también puede ser superada.  He desarrollado técnicas para ayudarme a permanecer enfocada.  Uso una Biblia de margen amplio y escribo cualquier pregunta que entra a mi cabeza, aun las que son tontas, como “¿Fue esto un comentario escrito en los márgenes, talvez?  Se siente como un pensamiento después del hecho” y “¡Ja, ja!  Pablo es chistosísimo.”  Interactúo con la Palabra, en vez de permitir que me pase de lado, como lo he dejado pasar tantas veces antes.  Escribo mi propio comentario en la computadora mientras leo cada capítulo.  (El comentario de Tabi sobre el Evangelio de Marcos, por cierto, puede que nunca llegará a ser imprimida, pero puedo garantizar que estará llena de disparates y será totalmente sincera.)  Dibujo un concepto que me intriga.  CUALQUIER COSA por pasar tiempo de calidad con Dios y Su Palabra.

    Porque sé que cuando las cosas se ponen difíciles, mis raíces necesitan ser profundas.  Necesito que mi relación con Dios sea sólida, porque puede que llegue el día en que aún mis seres amados no entiendan, cuando piensen que soy el tipo de persona que “aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas” (Lucas 14:26).  Porque ahora viene la verdad más dolorosa . . .

  7. Vivir en otro país probablemente le pondrá tensión, si no rompe, los lazos familiares. Recuerdo que cuando este hecho por fin lo acepté, lloré por días.  Cuando me di cuenta que cualquier tipo de relación cercana que había tenido con mi familia cambiaría—ya había cambiado.  Mis hijos probablemente nunca crecerían cerca de sus primos, ni de sus abuelos.  Solo podrían ver a sus tías y tíos ocasionalmente.  Puede que nunca se acercarían a ellos.  La dinámica familiar con la que había crecido y que ingenuamente creía que siempre estaría ahí, comenzó a desvanecerse.  El suelo se movió bajo mis pies, y caí duro.

    Vivimos en una maravillosa era de tecnología.  Los chats de video nos permiten comunicarnos más seguido y con más libertad con nuestros seres amados, pero siguen estando muy lejos.  La relación cambiará.  Y cuando lo hace, puede romperte el corazón.  En tiempos como ese, necesitamos recordar que la familia siempre será familia.  Puede que no estemos tan cerca como antes, pero todavía podemos retener un amor por ellos.  Y necesitamos recordar que estamos haciendo una nueva familia en nuestro nuevo país.  Si estamos casados, entonces trabajamos mucho más por nuestro matrimonio.  Si tenemos hijos, entonces trabajamos por proveerles un ambiente familiar estable, porque todo lo que les rodea será cambiante.  Si somos solteros, trabajamos por hacer amistades, porque todos necesitamos de amigos que son como familia.

    Y sé que todo ese trabajo parece ser enorme, pero confía en mí, puedes hacerlo.  Puede que te sientas solitario y aislado en tu país anfitrión.  Puede que sientas que la cultura, lenguaje, y personalidad son barreras insuperables para hacer amigos, pero . . .

  8. Lograrás hacer amigos. Puedes aprender el lenguaje.  Puedes aprender la cultura.  Tú puedes, amigo.  Has llegado hasta aquí; ¡puedes llegar más lejos!  Y si piensas que tu personalidad te previene de hacer amigos, estoy bastante segura que estás equivocado.  No importa quién eres, encontrarás la misma variedad de personalidades y caracteres como encontrarías en casa.  Hay alguien ahí que complementa tu personalidad.  Puede que no sea fácil encontrarlos.  Puede que tengas que intentar varias veces para encontrar a ese amigo.  Pero los encontrarás.  Y si puedes superar barreras lingüísticas y culturales, entonces puedes superar esas barreras que afectan cada amistad en todo el mundo.  Tú puedes hacer esto.  Encontrarás a un amigo.

    El trabajo que requiere encontrar a un amigo también es importante.  Todos necesitan a un amigo porque . . .

  9. Las cosas pueden ser devastadoras. Pero las cosas también pueden ser devastadoramente bellas.  El ministerio es difícil.  Ya hemos repasado esto.  Lo que me quería asegurar de decir es que el ministerio vale la pena.  ¿Sabes por qué?  Porque estás haciendo una diferencia.  Talvez los resultados no son visibles, pero están ahí.

    Yo me sentía aprehensiva de regresar a los EEUU para dar reportes esta vez.  Habíamos perdido un poco de apoyo monetario, y estaba empezando a preguntarme si no valíamos la pena apoyar.  No teníamos una iglesia grande, ni ninguna gran ola de conversiones, ni bautismos en varios años.  Solo lo mismo de siempre: mi esposo enseñando la Biblia y predicando, yo traduciendo.  Me preguntaba, “¿Qué estamos haciendo aquí que no podríamos hacer allá?  ¿Debemos darnos por vencidos?”  Y luego una iglesia donde enseña mi esposo nos hizo una fiesta.  Después de la fiesta, nos hicieron sentarnos.  Uno por uno, nos dijeron lo que habíamos hecho por ellos.  “Y si necesitan que escribamos una carta a las iglesias que les apoyan, dejándoles saber esto, ¡lo haremos!  ¡Asegúrense de decirles que son una bendición para nosotros!”

    Yo era una bendición.  No era famosa, ni exitosa, ni grande.  Era una bendición.  Fue el cumplido más bello que me pudieron haber dado.  No diré que lloré (está bien, lloré), pero sí diré que me tocó profundamente.  No estoy haciendo el tipo de grandes cambios que esos predicadores famosos y misioneros hacen.  Pero estaba siendo una bendición.  Y eso valía la pena.

    Y finalmente, quiero que sepas . . .

  10. No estás solo. Los misioneros han existido desde Pedro y Pablo.  Habrá misioneros después de que hayas llegado y te hayas ido de este mundo.  Nuestras experiencias no son todas iguales, pero muchas veces son similares.  Podemos aprender el uno del otro.  Podemos orar el uno por el otro.  Nos podemos amar mutuamente.  Y no importa qué tan solo pienses que estás en tu lucha particular, puedo garantizar que alguien antes que tú ya pasó por lo mismo.  Encuentra a otro misionero con quién hablar.

    Probablemente hay alguien entre los que te apoyan en los EEUU que, presumo, ya ha pasado por lo mismo que has pasado tú.  Encuentra a esa persona y habla con ellos.  Los ministros de todo el mundo lidian con el mismo tipo de problemas en iglesias.  Pablo le escribió a Evodia y Sínitque a que arreglaran cualquier discusión que habían tenido más recientemente y que por favor se llevaran bien.  ¿Suena familiar?  También tuvo que decirles a los corintios que dejaran de provocar divisiones en la iglesia.  Y les tuvo que decir a los gálatas que dejaran de escuchar a maestros falsos.  Los problemas de las personas son tan antiguas como son globales.

    Y, por supuesto, siempre estás en compañía de nuestro Señor.  “Yo estoy con ustedes todos los días”, nos prometió (Mateo 28:20), y ¿quién podría pedir mejor compañía que esa?

No escribo esto para desanimar a la gente de decidir ser misioneros.  Escribo para dejarles saber, si estás considerando ser misionero, que está bien ser el humano bello y quebrantado-pero-redimido que eres.  Demasiadas personas ponen a los misioneros en pedestales.  Y cuando llegan a ser un misionero, encuentran que no hay ningún pedestal en el cual pararse.  Solo están ellos sobre sus dos pies.  Y pienso que, demasiadas veces, esto lleva a la gente a sentir fracaso.  Regresan a casa sintiendo que le han fallado a Dios, les han fallado a los que les apoyan, y se han fallado a ellos mismos.

Por favor, aquí somos todos humanos.  Nada más, y nada menos.  Todos somos quebrantados y bellos.  Somos redimidos y estamos siendo renovados.  Nuestra meta es mejorar, por supuesto, pero ¿no es el tema central de nuestra fe la gracia?  Sé la representación de la gracia—perdonando a otros, y perdonándote a ti mismo.  Jesús nunca nos prometió que sería fácil.  Y Pablo, uno de nuestros misioneros más grandes, sería el primero en decirte que el campo de misiones es difícil.  Pero la obra verdaderamente vale la pena, porque nosotros somos los que están llevando la Palabra más allá de Jerusalén, más allá de Judea y Samaria, hacia los fines de la tierra.

Acercándose Jesús, les dijo: “Toda autoridad Me ha sido dada en el cielo y en la tierra. “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden (he aquí)! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.”” (Mateo 28:18-20)

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