Cómo ser un esclavo inútil (es cosa buena)

Cómo ser un

Un artículo escrito por Tabi Boyce.

Todo debo a Él

El Nuevo Testamento frecuentemente se refiere a creyentes como esclavos y siervos.  Se pone un poco confundido, porque en nuestro tiempo y nuestro mundo, los esclavos y los siervos son cosas muy diferentes.  Capaz que estaríamos dispuestos a ser un siervo, pero la idea que ser esclavo de cualquier persona no sólo nos hace sentir vergüenza ajena, sino que también es moralmente reprensible.  Así que, ¿por qué nos manda la Biblia a ser esclavos?

La palabra en griego, en la mayoría de los casos, es doulos.  En el español, no hay una traducción exacta, pero la idea cae en el rango entre un siervo y un esclavo.  Esta es la palabra griega que usaban los judíos del primer siglo para una práctica establecida por la Ley Mosaica.  La palabra en hebreo era ‘ebed.  Estas eran personas quienes, por causa de deudas o por ladrones, se ofrecían como esclavos a la persona a la que le debían.  En vez de un salario, su trabajo pagaría su deuda.  Cuando quedaban libres de deuda, quedaban libres de servicio.  Hay más involucrado en este tema, por supuesto, y recomiendo leer el artículo “Slavery and the Old Testament Law” [La esclavitud y el Antiguo Testamento], por Andrew Schmidt, para un análisis más profundo de la práctica.  Pero lo que he descrito es la idea principal del tema, y es la imagen a la que se refieren Jesús y sus Apóstoles cuando hablan de los creyentes como douloi (siervos).

¿Por qué nos llama Jesús a ser siervos de Dios?  Como lo dice el himno tan bien, “Todo debo a él.  Pues ya lo pagó.”  El libro de Romanos entra al tema en íntimo detalle, comenzando con “Por cuanto todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios” (Romanos 3:23), y terminando con “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo” (Romanos 10:13). A fin de cuentas, tiene que ver con deber una deuda de Muerte, o una deuda de Vida.  Podemos ser esclavos involuntarios a la Muerte y el Pecado, o podemos ser esclavos voluntarios a Cristo.  Nuestra elección.

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Yo elijo la Vida.

Si has leído hasta aquí, entonces probablemente ya hiciste esa elección, y sirves a Cristo.  Como mencioné arriba, somos siervos voluntarios.  Servimos por gratitud y amor.  Habiendo sido salvados de la muerte, buscamos ayudar a nuestro Señor salvar a otros.

Así que, ¿cómo es un siervo de Dios?  Habiendo leído los pasajes que hablan de este tema, he encontrado cuatro rasgos que creo que están asociados con ser el mejor siervo que podemos ser.

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Trabajador.

Un rasgo que surge frecuentemente es que los siervos trabajan duro.  No hacen “lo justo y lo necesario”, porque “lo justo y lo necesario” no es suficiente.  Tomen la parábola de los Talentos (Mateo 25:14-30).  Los dos siervos que trabajaron mucho con sus talentos pudieron multiplicarlos y recibieron un premio por su trabajo (esto no lo hubieran esperado).  El siervo que enterró su talento no hizo nada y terminó con nada.  En Mateo 9:37, Jesús implica que, la cosecha siendo tan grande y los obreros tan pocos, lo que queda por delante es trabajo muy cansador.  En las muchas parábolas que Jesús cuenta que involucran siervos, siempre hacen todo lo que les pida su Señor, aún cuando el trabajo es difícil.  Se enfrentan al peligro, aún hasta muerte (Mateo 21:33-45), mantienen vigila por largos periodos de tiempo (Mato 24:42), manejan el estado de su Maestro con compasión y sabiduría mientras no esté él (Lucas 12:43), hablan confiadamente con su autoridad (Hechos 4:29), y trabajan sin cansarse (Apocalipsis 2:2).

El trabajo duro es parte de nuestro rol.  A veces pasa sin agradecimiento alguno, pero siempre vale la pena.

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Sabio.

Jesús frecuentemente lauda a los siervos que toman iniciativas y encuentras maneras inteligentes de servir con más eficacia.  En la parábola de los Talentos, el dinero fue invertido sabiamente.  En algunas parábolas, el Maestro le deja a su siervo el trabajo de manejar todos sus recursos.  En una parábola, Jesús hasta alaba a un siervo corrupto, no por sus pecados, sino por su inteligencia (Lucas 16:1-9).  Necesitamos ser sabios en nuestro servicio.

Ser siervos sabios no es cosa fácil, principalmente porque los siervos sabios están al tanto de cambios y los anticipan.  Si un método de evangelismo ya no parece funcionar, encuentran otra manera de presentar el Evangelio.  Si deben aprender más, aprenden más.  Si debe desafiar su manera de pensar actual, lo harán.  Invierten su tiempo, dinero y emoción donde es más necesitado, y donde tienen más habilidad.  No se aferran del temor, ni de maneras “seguras” de hacer las cosas.  Son arriesgados, rompen con tradiciones y con barreras.  Un siervo sabio es un siervo valioso.

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Leal.

Los Apóstoles (y especialmente Pablo) frecuentemente se referían a ellos mismos como siervos.  A través de tribulaciones, persecución, presión y burlas, nunca se desviaron de la convicción de que servían a un Maestro digno.  Recordando las palabras de Jesús, Mateo escribió, “Porque mi yugo es fácil, y mi carga ligera”.  Comparado con la carga que nos pone el pecado, Su yugo es fácil.  Comparado con las cargas que nos imponemos nosotros mismo—la pena, la vergüenza, la ansiedad, el sufrimiento—nuestra identidad en Él es ligera.  Él levanta toda nuestra culpabilidad y vergüenza y lo carga él mismo.  Y, a cambio, nos da la carga de velar por los perdidos.  En vez de perdernos en nuestra propia oscuridad, podemos volver los ojos hacia afuera, confiados en la seguridad de que Él está con nosotros.  Siempre.  Él es absolutamente digno de nuestra lealtad.

Este es le tipo de lealtad firme que le mostraron sus Apóstoles, y el tipo de lealtad que pasaron a los demás creyentes.  Siervos leales aman a su Maestro.  Saben que ya le han dado todo a Él; no les queda nada que retener.  No les da vergüenza ser llamados cristianos, porque otros siervos dan vergüenza.  ¿Cuál nombre llevan?  ¡No es el nombre de los siervos, sino el nombre de Cristo!  Llevan el nombre del Salvador de Naciones, el Príncipe de Paz, el Rey de Reyes, el Conquistador de la Muerte y el Futuro Juez de todos.  La lealtad de los siervos de Cristo es tan firme como la Piedra Angular sobre la cual está construida.

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Humilde.

Pongo este rasgo al último, porque es el más difícil de conseguir.  La humidad es el arte de aprender a estar tan cómodo de rodillas, con la cabeza doblada, como lo estás de pie, resistente y firme.  Es fácil olvidar que DE NINGUNA MANERA merecemos la salvación de Dios, ni Su amor, ni siquiera una mirada en nuestra dirección.  Nuestros pecados fueron tan grandes que Dios tuvo que quitar la mirada de Su propio Hijo en el momento en éste recibió nuestros pecados.  Tendemos a pensar que hemos sido TAN buenos, tan trabajadores, tan inteligentes y leales, que seguramente Dios estará complacido con nosotros.  Jesús constantemente tuvo que recordarles a sus discípulos de las trampas del orgullo.  Eran víctimas frecuentes de ello.  Esto se ve cuando reprimieron a una persona echando fuera demonios en el nombre de Jesús (Marcos 9:38), cuando le urgieron a Jesús rechazar a una mujer necesitada porque les estaba molestando (Mateo 15:23), cuando trataron de alejar a los niños porque sentían que no merecían ver a Jesús (Mateo 19:13), o cuando presumieron sentarse a la derecha y la izquierda de Jesús cuando tomase un lugar de poder político (Mateo 20:21).  Pensaron que servir al Mesías les daba importancia; debió haberles enseñado humildad.

Sucedió suficientes veces que Jesús les contó una parábola.  “¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando ovejas, y cuando regresa del campo, le dice: “Ven enseguida y siéntate a comer”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame algo para cenar, y vístete adecuadamente, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó? Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: “Siervos inútiles somos; hemos hecho sólo lo que debíamos haber hecho” (Lucas 17:7-10).

Jesús les dio a sus discípulos un recordatorio no-muy-sutil que necesitaban ser humildes.  No sólo necesitaban considerarse indignos, sino necesitaban considerarse inútiles.  Cada vez que pensaban que estaban haciendo algo digno de alabanza, necesitaban recordar que solo estaban haciendo su deber.  Un siervo nunca esperaría que su Maestro le invitase a sentarse en la mesa con él.  Un siervo le prepararía la comida, se lo serviría y luego se iría a comer solo.

Sé un siervo inútil.  Sé el tipo de siervo que se vacía del orgullo, y se llena de gratitud; al que le falta arrogancia, pero le sobra gracia.  Ven a la Mesa y ofrece tu mejor servicio a tu Señor.  Estabas perdido y ahora has sido encontrado.  Te ahogabas, y él te tomó de la mano para salvarte.  Estabas muerto, y Él te dio la Vida.

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Ven a la Mesa.

Ven a la Mesa, Siervo Inútil, y escucha a nuestro Maestro decir: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre”.

Nuestra actitud debe ser humilde, pues le debemos todo a Él.  Esta es su misericordia.  El salvarnos del castigo que merecíamos.  Pero, habiendo verdaderamente entendido lo inútiles que somos, Él nos infunde de valor.  Él es el Maestro que nos invita a Su Mesa a cenar con Él.  Es el Maestro que no sólo nos invita a Su Mesa, sino que la sirve.  Esta es Su gracia.  El darnos regalos que nunca merecíamos.

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