La sagrada importancia del nombre cristiano: parte 3

Ch3 sagrada importanciaUn artículo escrito por Rice Haggard. Este artículo ha sido modificado de su formato original, para poder encajar mejor con un formato de blog. Originalmente fue publicado como un libreto de 31 páginas, entre los años 1804 y 1806. La fecha exacta es desconocida. Su título original fue «Un discurso a las varias sociedades religiosas sobre la sagrada importancia del nombre cristiano».

 

 

Habiendo dado muestra suficiente que el nombre cristiano es el nombre antiguo y apropiado para la iglesia, la pregunta naturalmente surgirá, ¿de dónde salieron otros nombres? Yo respondo. Habían perdido el espíritu de la religión cristiana y se habían apartado de la sencillez del evangelio.

Al principio buscaron honrar al Redentor y al avance de su reino; pero tras descender de estos fines nobles, el ego tomó control y les dirigió hacer del honor, imperio, poder y ganancia sus objetivos principales. La iglesia de Roma, primera en orgullo, avaricia y ambición, fue primera en hacer la lucha; y para lograr su fin se dio nombre previamente desconocidos; tales como la iglesia madre, la iglesia católica romana, y más. Aquí se perdió el nombre cristiano. Al pasar el tiempo, otras desmesuras surgieron y crecieron a un tamaño asombroso, y que más o menos infectaron a todos sus miembros. Nuevos ritos y ceremonias se introducían casi continuamente, hasta que llegaron a ser demasiado intolerables para una mente piadosa. Por fin algunos que ya no podían soportarse bajo el yugo mortificante de sus desviaciones supersticiosas del plan original y sus invasiones antibíblicas de sus derechos religiosos, presentaron su protesta contra sus errores capitales y se retiraron de su jurisdicción. Su primer objetivo fue reformación, lo cual, tras mucha labor y con mucho sufrimiento, efectuaron en buena medida y en muchos respectos.

Pero como ellos mismos no se encontraban enteramente sanados de la antigua infección, propagaron en alguna medida el mismo desorden en las doctrinas que enseñaban, y el gobierno bajo el cual pusieron a los reformados. Este desorden, como vapores nocivos, pronto infectó la atmósfera de la iglesia; o como hierbas nocivas, aunque no fueron plantadas en la misma tierra, pronto crecieron e infectaron el suelo.

Es notable, de la historia de esos tiempos, que los reformadores mismos pronto comenzaron a actuar en la misma manera que la iglesia de la que se habían separado y a practicar las mismas cosas que habían protestado en otros.

La iglesia de Roma había introducido varias cosas como artículos de fe y reglas de gobierno fuera de aquellas contenidas en la palabra de Dios; contra estas cosas los reformadores protestaron como humano, alegando que las Santas Escrituras contenían todo lo necesario para la salvación y que eran la única regla de fe y conducta; y sobre este fundamento comenzaron la reformación.

Pero cuando comenzaron a crecer en grandeza, a ser conocidos en el mundo y a recibir honor de hombres, comenzaron a contender por superioridad y a luchar por quién había de ser el más grande. Aquí el orgullo, pasión, (etcétera) tan odioso en los seguidores de Jesús pronto encontró incentivos. Uno no podría obtener honor exclusivo a no ser a expensas de otro. Así que cada uno comenzó a refutar las opiniones de otros a fin de ensalzar lo suyo; y eso aun en lo no esencial, en lo que era meramente circunstancial. Pues éstas eran las minucias sobre las cuales solo ellos podían contender, su religión siendo en substancia la misma, no tenían otro lugar en donde comenzar. Pero no terminó aquí. Pues, ¡asombroso relatarlo! con respecto a estos no esenciales estos dignos reformadores se dividieron. Y la diferencia de opinión allí siendo agitada, como es hasta hoy día, la consecuencia de esa brecha se incrementó. Cada uno tenía sus defensores y seguidores; y llegó a ser tal sacerdote, tal gente; la gente captó el espíritu de sus líderes respectivos. Cada partido quería al otro tan poco que no se contentaban en ser conocidos por el mismo nombre. Por lo tanto ocurrió que cada uno adoptó el nombre por el cual eligió ser distinguido de los demás.

Así surgió la denominación calvinista, luterana, arminiana, etcétera; y de esta forma podemos explicar tantos partidos y nombres partidarios, los cuales han surgido y engullido a la iglesia de Cristo hasta el día presente. Causas similares producen efectos similares.

Tras el ejemplo de la antigua iglesia de la cual se habían apartado, comenzaron a introducir, de origen humano, leyes, reglas, ritos, ceremonias, credos, confesiones, estándares, ayudas, formas de gobierno, disciplina, etcétera y etcétera, para hacer leyes para atar tanto el alma como el cuerpo, y echarlos a los atormentadores, hasta que se arrepintiesen y se sometiesen a su autoridad.

Las consecuencias nativas de estas cosas fueron lo que había de esperarse. Como confinar fuego y pólvora en una bomba, la consecuencia es una explosión violenta. Estos ingredientes causaron que los reformadores y los reformados estallaran de la iglesia de Roma, luego causó una explosión entre ellos, dejándolos en pedazos. Y sería un historiador muy exacto el que pudiese decir en cuántos pedazos dejó el cuerpo de Cristo esta materia combustible. Una cosa sé, que donde no esenciales son hechos términos de comunión, nunca fallará en tener una tendencia para desunir y dispersar a la iglesia de Cristo. Ciertamente está haciendo la puerta de la iglesia más angosta que la puerta del Cielo, y echando fuera a aquellos que Jesús ha recibido.

Ciertamente no es sorpresa que la cosas que serán concedidos no esenciales para la salvación del alma, por tanto tiempo hayan sido hechos términos de comunión; de tal manera que aunque se concede que un hombre continuase esencialmente en la fe, y su carácter moral y religioso fuese intachable, sin embargo no puede ser admitido a la iglesia; o si es que sí se encuentra en ella, puede ser excomunicado (esto es, entregado a satanás) como si el Dios del Cielo le hubiese rechazado.

También es cuestión de asombro que una persona cuya experiencia de gracia aceptan como válida y cuya vida es confesadamente devota y piadosa, se le rehúse admitencia a los privilegios de la casa del Señor, ¡y lo corran de su mesa como harían a un perro o un desgraciado, indigno de una migaja!

¿Y qué excusa se presentará por tal conducta? ¿No ha cumplido con los muchos puntos de nuestro partido? Pero hay una pregunta más importante, y esa es, ¿pertenece al rebaño de Cristo? Que la verdad y franqueza ahora responda. Ciertamente, pues, vean que él nos cuenta (y no podemos negarlo) una bella historia sobre la gran profundidad de su corazón habiéndose roto—del haber razonablemente sentido la pecaminosidad del pecado—de su terrible angustia por culpa de ello—de haber buscado al Señor Jesús y haber recibido sanación—una cosa afirma, que era ciego y ahora ve—que ha elegido a Dios como su Porción, que ama sus caminos, su pueblo y sus leyes—que el pecado desde entonces se le ha hecho pecaminoso en gran exceso, y más. A su conducta moral no tenemos objeción. Y si tan sólo estuviese de acuerdo con nosotros, en términos del orden de la iglesia y unas pocas cosas más de naturaleza doctrinal, nos regocijaríamos al darle la mano diestra de hermandad y le veríamos en nuestra mesa, disfrutando de todos los privilegios de la casa del Señor con nosotros. Pues en términos de religión práctica y experimental, con él estamos satisfechos. En una palabra, lo creemos cristiano. ¡Pobre hombre! Nos apiadamos de él: ¡que el Señor le dé la dádiva de ver la verdad!

¿Cómo responderán tales pastores a aquel que dijo a ellos, «Apacienta a mis ovejas»? Juan 21:16—cuando los llama a dar cuentas de la mayordomía encomendada a ellos. Lucas 16:2, 1 Pedro 4:5—cuando demanda de ellos, «¿Dónde está tal y tal, a quien os envié con hambre para que lo alimentases? Sobre su conciencia se los has ostentado, y los alejasteis de mi mesa—ni siquiera le permitisteis una migaja de mi pan, ni una gota de mi vino.»

Me parece escucharlos decir, «Señor, esperaba que llegarían a ser ortodoxos» esto es, cambiar sus sentimientos sobre cuestiones externas, que viniesen a nuestro lado, y entonces los hubiese apacentado».

¿Me encuentro en error? O escucho al Juez responder, «¿Fuisteis más sabios o mejores que yo? ¿No os dije que había otras ovejas, las cuales no estaban en este rebaño?» Juan 10:16. «¿No os dije también que no hago acepción de personas, sino que en cada nación que me temiere y obrase mi justicia, yo lo aceptaría conmigo?» Hechos 10:34-35. Véase también 2 Crónicas 19:7, Romanos 2:11, Efesios 6:9, Colosenses 3:25, 1 Pedro 1:17. «¿Por qué, pues, habéis golpeado a mi pueblo a pedazos?» Isaías 2:15. «Os envié no para dividir a mi rebaño, cortar y juzgarles.» Mateo 7:1, Romanos 14:4, 10, Santiago 4:12. «Sino para alimentarlos: lo que requiero de mi mayordomo es que sean fieles.» Lucas 12:42, 1 Corintios 4:1-2, Tito 1:7. «Que cuiden todo lo que es mío.» Hebreos 13:17 ¿Podrá alguna adhesión partidaria lograr valerse frente al Juez? ¿Se escucharán argumentos frívolos? ¿Podrá proveerles buen pretexto su ignorancia deliberada? Si no, sería mejor que se colgasen una piedra de molino al cuello y haberse ahogado en las profundidades del mar. Mateo 18:6.
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Para más información sobre Rice Haggard, visiten nuestra página BIOGRAFÍAS.

La versión de la Biblia usada en este artículo es la versión Reina-Valera 1908.

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