La sagrada importancia del nombre cristiano: parte 4

Photo por Joseph Hart
Photo por Joseph Hart

Un artículo escrito por Rice Haggard. Este artículo ha sido modificado de su formato original, para poder encajar mejor con un formato de blog. Originalmente fue publicado como un libreto de 31 páginas, entre los años 1804 y 1806. La fecha exacta es desconocida. Su título original fue «Un discurso a las varias sociedades religiosas sobre la sagrada importancia del nombre cristiano».

 

 

 

 
Tomen un punto de vista justo del partidismo y encontrarán lo siguiente:

1. Tiene una tendencia a inmortalizar el nombre de aquel que primero lo trajo a la existencia; y darles a las mentes de sus miembros una parcialidad infeliz, o prejuicio a favor de uno en contra del otro: y así llegaron a ser intolerantes—pues se les lleva a concluir que aunque puede que otros tengan razón en parte, ellos tienen la razón por completo. Esto tiende a estimular el orgullo del corazón humano y a verificar el dicho de los judíos hipócritas, que le tenían más temor a la inmundicia ceremonial que a la inmundicia moral. «Paraos allá y no os acerquéis, pues yo soy más santo que tú» Los hábitos se forma prontamente, que llevan a ideas exaltadas de uno mismo, y por consecuencia el desprecio hacia otros que son diferentes a ellos. Pronto comienzan a jactarse de su partido, a decir de qué manera superan a sus prójimos. El partido opuesto se ejerce de igual manera. Así surgen disputas que interesan a todas las pasiones de la mente humana y muchas veces los aceleran a los extremos más injustificables. Y, como en la guerra de Milton con diablos, es finito contra finito, política contra política, orador contra orador, argumento contra argumento, pasión contra pasión, engendrando disensión—la contienda jamás acaba; sino que la guerra se incendia más y más; y cada partido celoso por enlistar soldados a su causa, y de abarcar mar y tierra por hacer un prosélito. Pero si llegase uno a lograr dominio sobre el otro, ¿cuál es el resultado? Orgullo, avaricia, ambición (etcétera) siendo las fuentes móviles en la contienda; honor, grandeza y crecimiento son el premio.

2. Cuando seguidores de Cristo están divididos en diferentes partidos y eligen ser llamados por diferentes nombres, una gran porción del tiempo y los estudios del predicador se gasta en inventar y vender argumentos para atraer a las personas hacia sus partidos respectivos. Por consiguiente, las Santas Escrituras deben ser dobladas y torcidas en apoyo a ellos: a cual propósito esos divinos materiales jamás se someterán. Pues ¿quién no sabe que si las Escrituras son consistentes, nunca podrán apoyar tantos partidos, y éstos tan extensamente diferentes? No, tan lejos quedan de apoyar a alguno que prohíben todos y minan su fundamento mismo, como ya se ha mostrado.

3. Diferentes partidos han establecido diferentes formas de gobierno y disciplina en sus diferentes iglesias, a lo cual miembros de otras sociedades o no tienen acceso o ante el cual no tienen voluntad de aparecer. Por lo tanto sucede que actos de inmoralidad, para gran deshonra de la religión, y promoción de infidelidad, más seguido escapan la censura de la iglesia de lo que sería si todos fueren de un solo nombre y se sintiesen unidos por el mismo enlace de unidad. Así, por ejemplo, si yo, siendo miembro de una denominación conozco a una persona de otra que es culpable de embriaguez, mentiras, profanas maldiciones, o cualquier crimen, y no tengo ni parte ni participación en su partido. Puede, por lo tanto, continuar sus prácticas y permanecer un miembro hasta el día de su muerte; a no ser que alguien en su propia iglesia le descubra sus fallas. Esto es una lamentación, y será para una lamentación. Pues creo que es un agravio por el cual nunca habrá suficiente compensación, siempre que existan partidos.

4. Mientras existan diferentes partidos, no hay nada más seguro que el hecho que cada uno se empeñará en apoyar aquel al que pertenece, a consecuencia de que se empeñará por debilitar a los demás para prevenir su influencia; y eso será en efecto, tanto como le sea posible, el prohibirles hacer el bien. Esto lo tenemos ejemplificado en uno de los discípulos de Cristo. Marcos 9:38-39. «Y respondióle Juan, diciendo: Maestro, hemos visto á uno que en tu nombre echaba fuera los demonios, el cual no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos sigue. Y Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre que luego pueda decir mal de mí.» ¡Gloria a su nombre por esta reprensión! Pero si ahora estuviese en la tierra, no tendría tan sólo uno por reprender, sino todos los partidos juntos.

5. La partidocracia está calculada para llenar las bocas de antagonistas con argumentos en nuestra contra. Pues predicamos que la religión que recomendamos al mundo es una religión de amor, es un espíritu de amistad y concordia—que es pura, apacible y fácil de tratar—es ese espíritu de caridad que es sufrido y benigno—que no tiene envidia ni hace sinrazón—que no se ensancha, no es injuriosa—que no busca lo suyo—no se irrita—no piensa el mal—no se huelga de la injusticia, más se huelga de la verdad—todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta . . . y finalmente que nunca deja de ser. 1 Corintios 13:4-8. Esto es, en otras palabras, que es de Dios y es perfecto al igual que su autor. Y nos paramos y solemnemente profesamos que esta es nuestra religión. Pero, ¿nuestra conducta el uno con el otro lo manifiesta? No lo hace. Los hombres del mundo dice (y hay mucha verdad en ello), «No son lo que pretenden ser . . . se ponen los adornos de la santidad y hacen largas oraciones, pero el interés yace al fondo de todos sus planes.» Y ciertamente los hechos son tan plenos en nuestra contra como para comprobar la verdad de lo que aciertan.

6. La partidocracia siempre tiende a afligir y desalentar a los corazones de aquellos que están a favor de la paz. Desean aprender y conocer ninguna cosa más entre los hombres que a Jesucristo y a éste crucificado—de vivir apaciblemente con todo hombre—no para dar mal por mal, ni injurio por injurio, para amar a la hermandad—y, como su divino Maestro, de ver con ojo igual a todos, en cada nación, que temen a Dios y obran justicia. Por lo tanto cuando suben a la casa de Dios, es con diseño y deseo de adorar a Dios en espíritu y en verdad; de que sus almas se nutran con la sincera leche de la Palabra; de renovar su fuerza espiritual . . . que sean habilitados para resistir las artimañas del diablo y de combatir sus tentaciones . . . que puedan renunciar a seducciones del mundo y mortifiquen sus miembros que están sobre la tierra . . . que, mirando hacia Jesús, el autor y consumador de la fe, puedan correr con paciencia la carrera que les es propuesta . . . olvidando las cosas que quedan por detrás y alcanzando adelante hacia las cosas que están al frente, que puedan proseguir hacia el blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús. Por lo tanto ellos desean no siempre estar aprendiendo los primeros principios de las doctrinas de Cristo, sino de avanzar hacia la perfección. Pero cuando llegan al lugar que es llamado por el nombre Dios, ¿cuánta aflicción y desaliento reciben sus almas? ¿Se les enseña ahí a desdeñar, en comparación, todo otro conocimiento más que Jesús crucificado por los pecados de un mundo culpable? ¿A imitar ese amor que le llevó a Calvario y la cruz? ¿A respirar, en medio de persecución y reproche, de sufrimiento y muerte, esa oración de Amor, «Padre, perdónalos»? No, este no es el espíritu que se inculca; esta no es la religión que se les enseña desde el escritorio sagrado. El predicador se para y exhibe unas pocas cosas respecto a los primeros principios de la religión, lo cual la mayoría de ellos hace mucho que se aprendieron de memoria . . . luego en vez de virar a la derecha y guiarles hacia la médula y gordura del Evangelio, hacia pastos verdes a un lado de aguas de reposo; causándoles a acostarse y descansar en Dios; como un guerrero les hace un llamado a armas, torna a la izquierda, y les enseña a pelear no las batallas del Señor, sino que batallas imaginarias . . . pone sus nociones y caprichos en forma de batalla en contra de las nociones y caprichos de sus hermanos en otros partidos . . . les instruye exactamente en el arte de la guerra, les provee con armas que son de origen carnal, no poderosos por medio de Dios para derribar fortalezas de Satanás y del pecado . . . armas, no preparadas para luchar y vencer sus enemigos, sino para herir y destruir a sus amigos. Aquí no se les enseña a pelear la buena batalla de la fe . . . a ponerse toda la armadura de Dios, etcétera, sino que se les enseña a pensar mal de otros cristianos, tal vez mejor de ellos mismos, y de considerarlos como peligrosos. Así, por las estrategias del diablo (pues no merecen mejor nombre) las mentes de sus oidores son cambiadas de amor hacia sus hermanos a odio por ellos y los ven, muchas veces, como parias de Dios.

7. Otra maldad que surge de la partidocracia es que frecuentemente, en la misma vecindad y al mismo tiempo, hay varias asambleas adorando en oposición el uno al otro, cuando uno podría convenientemente constituir una sola asamblea. Cada uno de estos partidos, en su propia opinión, tienen a Dios por su lado y en oposición a los otros. ¡Que los cristianos se sonrojen y se avergüencen a la recolección! ¿No se parece esto demasiado al hedonismo antiguo, cuando cada nación tenía su Dios que tomaba parte con ellos en contra de los demás, tanto en tiempos de guerra como de paz? Estas diferentes divisiones y subdivisiones hacen construir sus diferentes lugares de culto, y los dedican según el modelo de su propia mente. Sus santas cúpulas son la propiedad sagrada del partido, y generalmente uno de los más rígidos de la secta guarda las llaves. Cuando, por lo tanto, un extranjero pasa, aunque busque las ovejas perdidas de Israel, y aunque tenga manos limpias y corazón puro; puede que haya dejado padre y madre por Cristo y el Evangelio; pero no se le permite entrar a predicar ni a enseñar, a menos de que sea más que un cristiano. Su nombre, por lo tanto, y apellido debe ser entregado, el nombre de su secta, los artículos de su credo, etcétera. Si sucediese que no fuere llamado por el nombre de su líder de ellos, o si no quisiese ser llamado por el nombre de un partido en particular, debe seguir por su rumbo, aunque la gente estuviese muriendo en sus pecados y se encontrasen destituidos de predicaciones habladas. Viene a otro templo, pudriéndose, desocupado . . . las bisagras de las puertas ya oxidadas de tan poco uso, y la gente alrededor pereciendo por falta de conocimiento; pero a menos que pueda adoptar ese “hombre-ismo” que los ha distinguido como partido, no puede ser admitido ahí.

Prosigue, y llega a otro, le piden entrar y predicar . . . pero si presentase algo que no fortalece su partido, o se opondrán a él a su cara o se irán y hablarán injurias a su espalda. O aunque predicase las cosas que aprueban y alabase a uno de los suyos; aun así harán cuenta de ello en él basado en otros principios. «Sí,» dicen, «sabe dónde está. Si estuviese en tal otro lugar, predicaría otra doctrina.» Así los hombres invalidan los mandamientos de Dios por medio de sus propias tradiciones. Bajo estas circunstancias angustiantes, frecuentemente aquellos que Dios ha enviado a predicar el Evangelio se ven obligados a salir a los caminos y los vallados, expuestos al viento y el clima, y llamar al festín del Evangelio a aquellos que no están demasiado llenos de orgullo o prejuicio para escucharles.

Por mucho tiempo hemos clamado contra la iglesia de Roma por sus invenciones supersticiosas y antibíblicas, mientras que nunca hemos ni sospechado ni examinado la nuestra, como si el mundo no viese, ni que nuestros conocidos supiesen que ni tenemos, ni aún pretendemos tener, un «así dice el Señor» por muchas de las cosas que hacemos y enseñamos. ¡Ay de nosotros! Los hijos de este mundo son, a día, más sabios en sus generaciones que los hijos de la luz. Hace mucho tiempo que aprendieron esa corta pero importante lección: unidos venceremos, divididos caeremos. Pero nosotros nos dividimos, y nos hacemos pedazos, pero esperamos seguir de pie.

Eliminar la causa de división para hacer cesar el efecto es una obra que debería enganchar la atención de todo hombre bueno. Para lograr esto, ciertamente debemos hacer juicio justo. Debemos permitir que la verdad tenga su debido peso, y atribuir el efecto a su causa apropiada. Ahora, ¿dónde encontraremos alguna instancia de una separación perdurable habiendo sucedido en la iglesia de Cristo por causa de una estricta adhesión a la palabra de Dios por cada lado? Es un hecho confirmado, por la historia y observación, que entre más un cuerpo de cristianos de adhiere a la palabra de Dios como su único estándar de fe y práctica, más firme y perdurable será su unión. Y, del lado contrario, entre más se separan de la sencillez de la palabra, por introducción de invenciones humanas, más ciertamente y rápidamente resultarán corrupción, sismas y desolación.

Que exista una cisma en la iglesia cristiana es una verdad lamentable, y que invenciones humanas son causa de ello es demasiado evidente para ser negado: por lo tanto, que a ese hombre, o grupo de hombres que han introducido o los que les apoyan se les considere los verdaderos cismáticos. Y que tales invenciones sean para siempre excluidos de la iglesia y entonces, y no hasta entonces, serán restaurados la unidad en espíritu y el enlace de paz.

8. Otra tendencia malvada de la partidocracia es que siempre le da al enemigo común de la almas una ventaja sobre la iglesia: pues mientras cada partido se enreda en peleas internas y facciones, quedan con la guardia baja, al igual que con otros enemigos. Sus ojos están fijados el uno sobre el otro y alejados del gran adversario de almas. Así, él queda a libertad de hacer incursiones al placer, excitar pasiones por dentro, fortalecer prejuicios, fomentar riñas, herir a los débiles, volcar a los que dudan y confirmar a los malvados en su maldad. Y la fortaleza de cada partido se gasta tanto en luchar el uno contra el otro que no tienen ni tiempo ni fuerza para oponerse al archienemigo, ni a sus emisarios. Y por lo tanto, muchos caen como presa fácil. Es asombroso que los amigos de la religión no tengan por lo menos más política, sino más bondad, como para asistir al enemigo cuando idea maquinaciones para impedir la obra de la salvación y destruir las almas humanas.

A mí me parece que si la sabiduría y sutileza de todos los diablos en el infierno se emplearan en consejos sin fin desde la eternidad, no podrían haber ideado un plan más completo para avanzar su reino que dividir a los miembros del cuerpo de Cristo. Y aun así, sus ministros, por orgullo, ambición, el amor al dominio, etcétera, ayudarían en esta escena horriblemente trágica; y eso por motivo de algunas formas y ceremonias nuevas; o para gratificar su honor, o por lucro, que puede, a fin de cuentas, resultarles de menos valor que «treinta pedazos de plata» resultaron ser para Judas.

Estas y otras maldades innumerables que no pueden ser nombradas resultan de las varias divisiones que han ocurrido, y aún existen en la iglesia de Cristo.

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La versión de la Biblia usada en este artículo es la versión Reina-Valera 1908.

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