El anciano: falta de tiempo

falta-de-tiempo-2Un artículo escrito por J.W. MacGarvey.

No hay ninguna clase de hombre que reconoce más universal y libremente una seria negligencia del deber, que los Ancianos de las iglesias.  Cuando recordamos su posición como líderes y ejemplares de los discípulos, sentimos que este es un reconocimiento triste, y solo podemos lamentar su verdad.  ¿Quién no ofrecería un remedio con gozo, si estuviese en su poder hacerlo?

La excusa más común para esta negligencia del deber es la falta de tiempo.  El Anciano no tiene tiempo para estudiar las Escrituras, y prepararse para hablar con edificación el día del Señor; y está seguro que no puede tomarse el tiempo de prontamente atender a las personas que necesitan su consejo o reprensión.  Bajo esta convicción, casi no le da ningún tiempo a sus deberes, hasta que la iglesia termina en una condición tan miserable que lo alarma a tomar alguna medida de acción, o hasta que alguna ofensa grave y escandalosa provocan a toda la comunidad y el clamor público obliga atención sobre el caso de un hombre o una mujer que pudo haber sido salvado de la desgracias por una admonición puntual.  A veces, ciertamente, esta negligencia del deber continúa hasta que el Anciano queda perfectamente desanimado y disgustado, abandona su oficio, se llena de quejas amargas y al final pierde todo interés en el bienestar de la iglesia.  El fin de ese hombre es el fin del mayordomo infiel.

Se encontrará, al calcular con mucho cuidado, que la excusa de falta de tiempo es más imaginaria que verdadero.  Por ejemplo, el número promedio de miembros en iglesias de campo y villa es de más o menos cien, y el número promedio de Ancianos es aproximadamente tres.  Suponga, ahora, que cada uno de estos tres Ancianos tomara suficiente tiempo de ver y conversar con una persona que necesite admonición o consejo cada semana: tendríamos 156 conversaciones en un año, más, talvez, que las necesidades de cualquier congregación regular requeriría para llegar al estado más eficiente de disciplina.  ¿Y qué Anciano hay que no puede, si intenta, aprovechándose de todas las juntas incidentales, tener por lo menos una conversación así, en promedio, para cada semana del año?  Seguramente no es un gran sacrificio de tiempo aún para el negociante más industrio entre nosotros.  No requiere de nada más que la voluntad de hacerlo practicable y fácil.

En las congregaciones más grandes, es deseable tener un Anciano completamente dedicado al trabajo de supervisar la enseñanza y predicación: y podemos fácilmente imaginar congregaciones, si es que no las tenemos ya entre nosotros, que necesitan las labores de una pluralidad de Ancianos así.  Pero aun cuando las labores de un hombre así de cumplir aquellas partes de los deberes del oficio que requieren la mayor cantidad de tiempo, la dificultad en referencia al tiempo que principalmente eliminado.  En ninguna instancia, entonces, es esto una excusa suficiente como para justificar una décima parte de la ineficiencia que ahora tan generalmente caracteriza las labores disciplinarias de la Ancianía.

En lo que se refiere a la preparación para la enseñanza pública, si nuestros Ancianos aspiraran menos por dar arengas vistosas en los días del Señor, y se dedicaran más a la instrucción sencilla y simple de deberes prácticos, y exhortaciones a los mismos, encontrarían que buena preparación para la tarea no requeriría más estudio bíblico de lo que debe caracterizar cada hombre bueno, con la adición de tal reflexión sobre temas de la Biblia que prevendrían que momentos de ocio fueran malgastados.  Una economía de tiempo, y un uso sabiamente dirigido es lo que necesitamos, más que necesitar más tiempo.

Finalmente, los Ancianos de las iglesias constantemente deben recordar que son ejemplares divinamente constituidos para el rebaño, en todas la virtudes y actividades de la vida cristiana: y que uno de los métodos, y no el menor de ellos, por el cual deben hacer notar su ejemplo, es de sacrificar un poco de su tiempo al servicio del Señor.  Al hacerlo, obedecerán las palabras de Pablo cuando les dice a los Ancianos efesios, “En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir”.  Hechos 20:35.

Ahora cierro este breve tratado y se los envío a todos mis hermanos en el oficio de Ancianos, como muestra de mi interés sincero en un oficio que le ha costado más ansiedad a mi corazón que cualquier otro deber que se me ha llamado cumplir.  Si es de servicio para cualquiera de mis colaboradores y compañeros en tribulación, cumplirá, en esa mediad, su misión.

OTROS CAPÍTULOS

Para más información sobre J. W. McGarvey, visiten nuestra página BIOGRAFÍAS.

La versión de la Biblia usada en este artículo es la RV1960 (Reina-Valera 1960), a menos de ser específicamente notado.

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